lunes, 30 de agosto de 2010

Un par de cafés para la poesía peruana de los noventa. Por Carlos García Miranda. Noble Katerba y Grupo Neón

Rescato esta crónica, escrita por Carlos García Miranda en el 2008, porque me parece que está orientada con honestidad, sin la intención mediática de crear leyendas o ruidos falsos alrededor de los dos grupos que tuvieron protagonismo literario en la década de los 90. De esa manera, Carlos, libre de justificaciones, cumple con un desahueve oportuno. Qué duda cabe, esta es una historia lejana al manoseo amiguista o al afanoso y cumplidor texto argollero.
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Este post está dedicado a dos grupos poéticos peruanos del noventa. El nombre del primero constituye un tropo (antítesis): NOBLE KATERBA, además de sus connotaciones contraculturales (el uso de la letra “K” es muy común entre los punks, por ejemplo). Un buen nombre, digamos, aunque sus integrantes no tengan nada de contraculturales, pero sí de nobles y tal vez, no lo sé, en algún momento hayan podido conformar una caterva (multitud de personas o cosas consideradas en grupo, pero sin concierto, o de poco valor e importancia. Usado en sentido peyorativo [RAE]).

Aparecieron a finales de los años ochenta en la Universidad Federico Villarreal como una suerte de tardío eco del grupo Hora Zero, aunque esto pueda ser una exageración de sus profesores. Y ya sabemos que toda imitación es de mal gusto. Sin embargo, en conjunto, podríamos decir que eran buenos poetas, arriesgados en el uso del lenguaje, conocedores de su tradición, y con un buen par de libros dignos de formar parte de cualquier antología peruana. De pronto, ese fue su problema: era un buen grupo poético peruano. Es decir, marcados por el retraimiento, la mudez, la tristeza y la tonta timidez –o escondida altivez- que ya César Vallejo se encargó de difundir por todo el mundo. Además, como que no iban a tono con una década que empezaba a bombazo limpio, apagones, muertes, lucha armada, represión, huelgas y más huelgas. Tal vez si hubieran sido bohemios a la peruana –es decir, capaces de beber hasta el hartazgo-, más viscerales, más alpinchistas, más descarados para gritar sus poemas más allá de las cuatro esquinas que rodean la Universidad Villarreal –ya sabemos que en el Perú “el que no llora no mama”- hubieran logrado ser no sólo un buen grupo de poetas, sino, acaso, el único digno de mencionar en cualquier historia literaria de los noventas.

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Y lo tenían todo: juventud, talento, bellas integrantes, y una pasión indoblegable por la literatura. Sin pecar de exagerado, puedo decir que –como grupo- eran los más dotados intelectual y creativamente de todo aquel mar de poetas jóvenes que inundaron las universidades, centros culturales y bares de Lima. Sin embargo, encerrados en una pequeña y perdida aula de su universidad dejaron que la poesía peruana de esa década transcurra indiferente ante sus versos largos y bien compuesto. Y la década fue despiadada con ellos, casi borrándolos de su historia, recordados sólo por aquellos que alguna vez los escucharon en su pequeña aula universitaria –aula 14-, y los acompañó un par de sesiones, porque no eran tiempos de recitales para amigos, de recitales para nadie. El grupo dejó de ser aquel grupo inicial hacia 1994, más o menos. Algunos perdieron una y otra vez sus poemarios, otros abandonaron la poesía por una página en un diario deportivo, y los más se convirtieron en profesores mal pagados, con libros mal editados a su coste y riesgo. Sólo uno de ellos –la que abandonó primero el barco- logro escribir, publicar y promocionar debidamente uno de esos libros –del grupo- que podrían integrar el índex de la poesía –versión femenina- peruana de los noventa sin que nadie levante la ceja –común en los corrillos literarios limeños. Mención honrosa para un grupo que debió llevarse el primer premio, vaya final.

El segundo grupo nació de un error, y, como sabemos, lo que mal empieza mal acaba. “Bubu” era un dirigente estudiantil de la FUSM a inicios de los noventa y, siendo el flamante secretario de cultura, no se le ocurrió nada mejor para empezar su gestión que realizar un congreso de literatura. Pero “Bubu”, como buen estudiante de sociología, sabía poco, casi nada o simplemente nada ni del tema ni de literatura. Su conocimiento de la cultura comenzaba y terminaba en su grupo folklórico Ñawpamachu, donde tocaba el bombo. Así que, intentando pensar como sociólogo, decidió hacer trabajo de campo y se fue a la Facultad de Letras en busca de estudiantes de literatura que le ayudaran en su empresa. Investigando el asunto –o sea, preguntando a cualquier estudiante que se pasee con un libro en la mano por el Patio de Letras- esa mañana se encontró con un personaje que ni era estudiante de literatura, ni siquiera estudiante matriculado, sino un “alumno libre” al que acababan de prohibirle la entrada a una clase por “carecer de nivel universitario”, o sea, por interrumpir las clases con preguntas, digamos, “fuera de contexto”, y que “Bubu” por verlo con un libro de Rimbaud bajo el brazo confundió con un eximio estudiante de literatura y le propuso realizar su bendito congreso, que al final se llamó “I Encuentro de poesía peruana”. De ese error surgió el Grupo Neón.

Me explico, al falso estudiante de literatura, convertido en el lapso de los cinco minutos que duró su conversación con “Bubu” en el mejor alumno de su promoción por leer a Rimbaud y recitarlo como si se tratara de un vals de Lucha Reyes, poeta joven –jovencísimo porque acababa de nacer- y líder de un grupo que aún carecía de nombre, “Bubu”, no sé si por dejarle el trabajo duro a otro y quedarse con buena parte de los fondos que la FUSM le había prometido para ese evento o, puede ser, porque sucumbió –como muchos, según veremos más adelante- a la consabida labia peruana del susodicho, terminó encargándole organizar la parte “académica” del asunto. Por la tarde, aquel falso estudiante fue en busca de verdaderos estudiantes de literatura y convenció a tres de ellos –buenos estudiantes y poetas en ciernes-, no sólo de organizar la actividad, sino también de formar un grupo. Esa misma noche se fueron al centro de Lima en busca de "inspiración" para el nombre. A las dos de la mañana, ebrios de licor, sueños, pero sin nombre para el grupo, abandonaron el último bar. Caminaron varias calles dando tumbos entre la basura, los coches mal estacionados y niños que se drogaban con Terokal. En la avenida Wilson dos abordaron sus buses y se fueron a casa. Se quedó el falso estudiante y otro que, a pesar de tener más de treinta años, eran el más novato de todos. Precisamente éste, a poco de continuar su ruta hacia el Paseo Colón, se acercó a un árbol para orinar. Entonces el falso estudiante le gritó: “Oe, no seas meón”. El otro volteó, y dijo: “¿Cómo?, ¿neón?, ¿neón?... neón, ¡Neón!”. Y de ese segundo error prostático surgió el nombre. Lo que siguió después es más o menos conocido gracias a la autopromoción de los fundadores, re-fundadores y re-re-fundadores que tuvo este grupo en su accidentada existencia: realizaron el “Encuentro de poesía” como un grupo –apadrinados por Enrique Verástegui- y se disolvieron la misma tarde que terminó el evento; el falso estudiante volvió a fundarlo incorporando a otros poetas; unos meses después, antes de su eminente disolución, el falso estudiante volvió a incorporar nuevos poetas, evitando el cisma; y así, hasta conformar un año después una variopinta fauna de gente de toda estirpe y calaña: surrealistas, indigenistas, coloquiales, sociales, existenciales, marxistas, católicos, monárquicos, puristas, anarquistas, medianamente cultos, totalmente incultos, tímidos, excéntricos, machistas, homosexuales, lesbianas, simplemente imbéciles o alguno que otro con verdadero espíritu de poeta: todo un museo posmoderno o una de esas comidas de siete sabores que se sirve en las carretillas de la Avenida Abancay, como prefieran verlo.

En realidad, lo que logró conformar el falso estudiante de literatura -¡con un solo poema de apenas veinte versos!- nunca fue un grupo poético, sino una suerte de pasarela con luces de neón por donde desfiló el que quiso y como quiso, un maratón de gente ansiosa por salir del anonimato, un carrusel de poetas sin poemas, o sea, como grupo: NADA. La verdad todo terminó mal, incluso para el mismo “Bubu”, quien años después fue incluido en la lista negra del régimen de Fujimori y tuvo que exiliarse en Chile –llevándose unos tapetes hechos por los presos políticos, según algunos de sus camaradas-; el poeta de más talento de Neón –Carlos Oliva- murió hacia 1994 en completo abandono, sin dejar una obra sólida, salvo un manojo de poemas mal editados por el propulsor del vedetismo del grupo –Paolo de Lima-; y la única carta poéticamente “decente” del grupo –Miguel Ildefonso- logró algunos buenos libros precisamente cuando se distanció de Neón, es decir, cuando dejó la farándula y se exilió unos años en Estados Unidos; lo mismo ocurrió con otros que, o bien se distanciaron tempranamente y continuaron su carrera literaria con relativo éxito –como Selenco Vega-, o simplemente en algún tramo del recorrido de Neón giraron en otro sentido y se fueron a casa a escribir su poemario –como Isabel Matta; del resto hay muy poco qué decir, salvo que han engordado, mantienen una familia o empresas, y que de vez en cuando, si amerita poner en el curriculum alguna actividad cultural, mencionan su pasado en Neón. El único que ganó “algo” de todo esto fue el que verdaderamente no tenía nada: no era estudiante de literatura, no tenía poemas, no tenía talento. Sin embargo, se las arregló para ser la ÚNICA cara visible del grupo todo el tiempo que éste duró, haciendo que el resto tontamente trabajara para él. Gracias a eso logró ser incluido en antologías; invitado a recitales; ser la voz parlante de una generación ante sociólogos a los que les importaba un rábano la poesía y sólo estaban en busca de alguna rareza social; y hacerse del nombre de “poeta del Perú, fundador del grupo más emblemático de los noventas”.

Finalmente, agotada toda la ingenuidad de que es posible un peruano –que lo veía como poeta representativo-, en bloque le dieron la espalda, cerrándole el paso hasta en los peores bares del centro de Lima. Sin más opción, llevado por el puro instinto de sobrevivencia, viajó a realizar su sueño latinoamericano en Madrid, donde, entre españoles ingenuos, malos poetas, resentidos con su país, o, simplemente, gente que desprecia al Perú y su poesía, logró ser ungido “representante peruano” en recitales, congresos y ferias de libros, con el único propósito de burlarse de la poesía peruana. Obviamente, su final es predecible: cuando se cansen del bufón comenzarán a buscarse otro, y si cae por allí algún neosurrealista o patafísico peruano, seguro le quitará el cupo de “rareza sudaka” que ahora ocupa.

Triste y muy peruano final para estos grupos a los que, como colofón, les dedico una de las frases con que el fallecido poeta Pablo Guevara -¡cuánto se te extraña!- solía terminar rojo de indignación alguna de nuestra conversaciones sobre poesía peruana: “Perú no es tierra de poetas, sino de cojudos y pendejos metidos de poetas”.

Fuente: Café y Cigarrillos.

1 comentario:

hopi dijo...

todos estos sujetos que mas parecen viejas burlonas del peor suburbio fujimorista deberían ir a trabajar al circo o buscar un sicoanalista que los purgue de traumas infantiles. una fauna verdaderamente farandulera.

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