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lunes, 13 de septiembre de 2010

Carta de renuncia de Mario Vargas Llosa a la Comisión Encargada del Museo de la Memoria

Mario Vargas Llosa París, 13 de setiembre de 2010

Excmo. Señor Dr. Alan García Pérez

Presidente del Perú
Lima

Señor Presidente: Por la presente le hago llegar mi renuncia irrevocable a la Comisión Encargada del Lugar de la Memoria cuya Presidencia tuvo usted a bien confiarme y que acepté convencido de que su gobierno estaba decidido a continuar el perfeccionamiento de la democracia peruana tan dañada por los crímenes y robos de la dictadura de Fujimori y Montesinos.

La razón de mi renuncia es el reciente Decreto Legislativo 1097 que, a todas luces, constituye una amnistía apenas disfrazada para beneficiar a buen número de personas vinculadas a la dictadura y condenadas o procesadas por crímenes contra los derechos humanos -asesinatos, torturas y desapariciones-, entre ellos al propio ex dictador y su brazo derecho. La medida ha indignado a todos los sectores democráticos del país y a la opinión pública internacional, como lo muestran los pronunciamientos del Relator de la ONU, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la Conferencia Episcopal, la Defensoría del Pueblo y representantes de numerosas organizaciones sociales y políticas, entre ellos algunos congresistas apristas. Coincido plenamente con estas protestas.

Hay, a mi juicio, una incompatibilidad esencial entre, por una parte, auspiciar la erección de un monumento en homenaje a las víctimas de la violencia que desencadenó el terrorismo de Sendero Luminoso a partir de 1980 y, de otra, abrir mediante una triquiñuela jurídica la puerta falsa de las cárceles a quienes, en el marco de esa funesta rebelión de fanáticos, cometieron también delitos horrendos y contribuyeron a sembrar de odio, sangre y sufrimiento a la sociedad peruana.

Ignoro qué presiones de los sectores militares que medraron con la dictadura y no se resignan a la democracia, o qué consideraciones de menuda política electoral lo han llevado a usted a amparar una iniciativa que sólo va a traer desprestigio a su gobierno y dar razón a quienes lo acusan de haber pactado en secreto una colaboración estrecha con los mismos fujimoristas que lo exiliaron y persiguieron durante ocho años. En todo caso, lo ocurrido es una verdadera desgracia que va a resucitar la división y el encono político en el país, precisamente en un periodo excepcionalmente benéfico para el desarrollo y durante un proceso electoral que debería servir más bien para reforzar nuestra legalidad y nuestras costumbres democráticas.

Pese a haber sido reñidos adversarios políticos en el pasado, en las últimas elecciones voté por usted y exhorté a los peruanos a hacer lo mismo para evitar al Perú una deriva extremista que nos hubiera empobrecido y desquiciado. Y he celebrado públicamente, en el Perú y en el extranjero, su saludable rectificación ideológica, en política económica sobre todo, que tan buenas consecuencias ha tenido para el progreso y la imagen del Perú en estos últimos años. Ojalá tenga usted el mismo valor para rectificar una vez más, abolir este innoble decreto y buscar aliados entre los peruanos dignos y democráticos que lo llevaron al poder con sus votos en vez de buscarlos entre los herederos de un régimen autoritario que sumió al Perú en el oprobio de la corrupción y el crimen y siguen conspirando para resucitar semejante abyección.
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Lo saluda atentamente,

Mario Vargas Llosa.

viernes, 27 de agosto de 2010

Homenaje a Charles Bukowski en Perú, por sus 90 años. Gracias al escritor Oscar Tramontana. Cobertura de Lima Gris

Mencionarlo produce una cantidad de adjetivos, comenzando por escritor, poeta, cuentista, borracho, loco, follador, genio, vagabundo, maestro, punk o como quieran llamarlo. Han pasado 90 años desde su nacimiento, se llama Charles Bukowski y está muerto físicamente, pero su espíritu y su obra están más vivos que cien bueyes juntos. La muerte lo llevó a la eternidad, su obra no sólo se lee sino también se bebe como un buen vaso de cerveza helada.

Un lunes con Bukowski, fue sólo el final del homenaje realizado en el centro cultural Británico de Miraflores. Gracias al escritor Oscar Tramontana pudimos disfrutar de toda la obra de Bukowski, un verdadero homenaje que duró un mes entero. Aquí el video de la cobertura, entre los personajes de la noche nos encontramos con el escritor César Gutiérrez y el poeta Luis “primo” Mujica, salud Bukowski.
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Fuente: Lima Gris.

martes, 17 de agosto de 2010

Nota importante y poco difundida. Michael Porter: El Perú no tiene una política ni una estrategia de largo plazo en temas de competitividad

Nota importante y poco difundida.
Visita de Porter al Perú: 30 de noviembre de 2009.


El gurú mundial de la estrategia y competitividad estuvo en Lima invitado por Interbank y la Universidad del Pacífico.

“El Perú ha crecido mucho en los últimos años, pero ese crecimiento no se ha reflejado en la mayoría de la población. Hemos vivido una ilusión exportadora en los últimos años, porque esta variable se ha incrementado principalmente por el aumento de precios de las materias primas en el mercado internacional, mientras que las exportaciones de productos con valor agregado y de servicios casi se ha estancado”, sostuvo Michael Porter, Profesor de la Harvard Business School.


Michael Porter, estuvo en Lima el 30 de noviembre, invitado por la Escuela de Postgrado de la Universidad del Pacífico y por Interbank, para dictar el Seminario Internacional: Claves de una estrategia competitiva, evento que se llevó a cabo en el Hotel Los Delfines ante un nutrido auditorio integrado en su mayoría por profesionales y ejecutivos de empresas.

El reconocido padre de la estrategia moderna hizo un diagnóstico de la realidad peruana y de hacía a dónde vamos en temas de estrategia y competitividad. Dijo que este es un tiempo muy peligroso para el Perú porque este ha crecido a tasas altas en los últimos años y puede sentirse satisfecho por eso; sin embargo no debería sentirse satisfecho porque las fuerzas que han hecho posible ese crecimiento no son sostenibles en el largo plazo y no han generado empleos, por lo que deberíamos pasar a una segunda etapa que sería la de incrementar nuestra competitividad: “El Perú no tiene una política, ni una estrategia de largo plazo en temas de competitividad, por tanto, es una economía que no tiene un rumbo definido”.

Sostuvo que nuestra baja productividad, competitividad y un entorno no muy favorable para hacer negocios, está relacionado con la pésima educación, el mal sistema de salud, la deficiente infraestructura, la preocupante desigualdad social y el alto nivel de corrupción que hay en el país. Esto provocaría que las empresas extranjeras no vengan al Perú para crear nuevas empresas, sino para comprar negocios que ya existen. Por lo que destacó la necesidad de que las inversiones extranjeras construyan nuevas fábricas y creen nuevas tecnologías, hecho que aún no está sucediendo en el Perú. También dijo que el desarrollo del cluster (conglomerados) en el país es muy limitado y no tiene un gran impacto en el sector privado: “El Perú necesita más Gamarras”, señaló.

Asimismo, se refirió al TLC con China y a las tareas que el Perú debe cumplir para sacar un verdadero provecho de ese tratado: históricamente China ha querido exportar materias primas para luego producir y exportar productos elaborados. “En ese sentido, tras el Tratado de Libre Comercio con China, pienso que Perú tendrá que hacer más que simplemente exportar materias primas, porque de lo contrario hay riesgo de que China congele a la economía peruana en su forma actual” afirmó.

En el marco de este seminario se desarrollaron mesas de trabajo sobre temas claves, siendo la primera de ellas “La agenda de la competitividad” que estuvo conformada por Mercedes Aráoz, Ministra de la Producción, y Ricardo Briceño, Presidente de CONFIEP. Esta mesa estuvo moderada por Daniel Córdova, Director de la Escuela de Postgrado de la Universidad del Pacífico, y el panel estuvo a cargo de Felipe Ortiz de Cevallos, Presidente del Grupo Apoyo; Ben Schneider, Director del MBA de la Universidad del Pacífico; y Miguel Palomino, Director de la Maestría en Finanzas de esta casa de estudios.

Michael Porter
Reconocido como el padre de la estrategia moderna, el profesor Porter ha sido nombrado por una variedad de rankings y encuestas como el pensador más influyente del mundo en estrategia competitiva y competitividad internacional.Michael E. Porter, Ph.D., es profesor en la Escuela de Negocios de Harvard y director del Instituto para la estrategia y la competitividad, y la cátedra de Administración de Negocios C. Roland Christensen en la Escuela de Negocios de Harvard.

Es autor de numerosos libros, entre ellos: Competitive Strategy: Techniques for Analyzing Industries and Competitors (Estrategia Competitiva: Técnicas para analizar Industrias y Competidores), publicado en 1980, reeditado 53 veces y traducido a diecisiete idiomas; Competitive Advantage: Creating and Sustaining Superior Performance (Ventaja Competitiva: Crear y Mantener un Desempeño Superior), publicado en 1985; On Competition (Acerca de la Competencia), publicado en 1998; The Competitive Advantage of Nations (La Ventaja Competitiva de las Naciones) publicado en 1990.

Porter ha sido co-autor (con el Profesor Jeffrey Sachs y Klaus Schwab, Presidente del World Economic Forum), del Informe sobre Competitividad Global, una clasificación anual del grado de competitividad y crecimientos de los países analizados.

El centenario de “Panchito” Izquierdo Ríos. Por Darío Vásquez Saldaña. Saposoa, Huallaga, San Martín unidos en el Homenaje

Saposoa, la capital de la provincia de Huallaga, se apresta a celebrar el centenario del creador literario más importante y fecundo del departamento de San Martín.

Francisco Izquierdo Ríos nace en Saposoa el veintinueve de agosto de 1910 y muere en Lima el veintinueve de junio de 1981, siendo Presiente de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA). Junto a Jenaro Herrera Torres y Arturo Demetrio Hernández, ocupan el pedestal de privilegio en la literatura de toda la amazonía peruana.

Sus padres fueron don Francisco Izquierdo López y doña Silvia Ríos Seijas, quienes lo llevan a la ciudad de Moyobamba en 1919, para concluir sus estudios de primaria. La culminación de la secundaria como alumno sobresaliente en el Colegio Nacional San José (hoy Serafín Filomeno), le permite acceder a la beca otorgada por el Ministerio de Educación, en 1927, para realizar sus estudios superiores en el Instituto Pedagógico de Varones de Lima, donde se gradúa como Profesor de Primaria en 1930.

Mientras estudiaba en el Pedagógico, su espíritu inquieto y combativo le lleva a vincularse con los grupos de vanguardia de aquel entonces, llegando a conocer al gran Amauta José Carlos Mariátegui, con quien colabora en la capacitación y organización de los obreros para fundar la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) y el Partido Comunista del Perú.

En marzo de 1931 inicia sus labores en la docencia en el distrito de Soritor. Su inquietud social y política le impulsa a fundar, en Moyobamba, el Centro Cívico Popular, con el fin de capacitar a la población en sus deberes y derechos ciudadanos, consiguiendo una asistencia masiva a sus charlas. Los esbirros del gobierno, en 1932, acusándolo de preparar una revolución comunista, allanan el local y lo apresan para enviarlo al penal de El Sepa; pero el apoyo y la solidaridad del pueblo logran su absolución, consiguiendo su reposición en el departamento de Amazonas: Chachapoyas, Rodríguez de Mendoza, Lamud, Jumbilla y Luya conocen de su labor docente y de su militancia política. De Luya es enviado, en 1939, como Inspector de Educación de Yurimaguas, de donde es trasladado, con el mismo cargo, a la ciudad de Iquitos. Aquí concluye su peregrinaje en provincias, al asumir, en 1942, la Jefatura del Departamento de Información del Ministerio de Educación, en Lima.

Pero Francisco Izquierdo Ríos, como Maestro de Escuela, en todos los lugares donde le toca trabajar, deja constancia de su clara posición socialista, denunciando el abandono y la injusticia que sufren los trabajadores del campo; pero también la huella imborrable de su notable pluma, lo que más tarde le llevaría a ser considerado como uno de los más altos exponentes de la narrativa peruana. En Luya publica el periódico escolar “El luyano” y también escribe sus primeros libros; en Yurimaguas dirige el periódico regional “El remo”. En Iquitos funda “Trocha”, la revista señera y gran animadora de la vida cultural de la capital loretana; a través de ella realiza una intensa labor para la celebración del cuatricentenario del descubrimiento del río Amazonas.

Francisco Izquierdo Ríos escribió más de veinte títulos, entre novelas, cuentos, estampas folclóricas y costumbristas, ensayos, tradiciones y relatos infantiles: “Cuentos del tío Doroteo”, “Mateo Paiva, el maestro”, “Muyuna”, “Belén”, “Sinti el viborero”, “Los cuentos de Adán Torres”, “Días oscuros” y “Voyá”, son algunos de ellos. La fuente inagotable de su narrativa emana de la fuerza telúrica de la naturaleza y del palpitar cotidiano de la comunidad; de ellas brota el influjo que marcan su prosa natural, ágil y sencilla para “escribir de modo natural como crece la hierba del campo”, decía él.

Bosques y ríos, árboles y pájaros, ciénagas y lomadas; pero también las vivencias dramáticas de los trabajadores del campo: leñadores, pescadores, cazadores, curanderos, artesanos, maestros rurales, discurren en cada una de sus obras como desafiantes escenarios, y como personajes que aman, trabajan y luchan por la liberación de los sufridos forjadores de la nueva Amazonía Peruana.

En 1946, conjuntamente con José María Arguedas, publican “Mitos, leyendas y cuentos peruanos”. Francisco Izquierdo Ríos es para el folclor selvático lo que José María Arguedas es para el folclor andino. Pero el reconocimiento nacional a su talento literario le ha de llegar por sus dos creaciones: la novela “Gregorillo” (1955), que le hace merecedor al segundo premio en el Concurso Nacional de Novela, y “El árbol blanco” (1963), el libro de cuentos para niños, galardonado con el Premio Nacional de Fomento a la Cultura “Ricardo Palma”. La premiación y publicación de su cuento “Gavicho”, por la Editorial Doncel de España, en el año 1965, fue el momento culminante de su consagración internacional.

El VIII Encuentro Nacional de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo”, convocado por el Gremio de Escritores del Perú en la ciudad de Huamachuco, en octubre pasado, en homenaje al Centenario del escritor peruano de talla mundial, Ciro Alegría Bazán, acordó que el IX Encuentro se lleve a cabo este año en la ciudad de Tumbes, en homenaje al Centenario de Francisco Izquierdo Ríos.

Ningún pueblo de la amazonía peruana debe soslayar la efemérides de uno de sus más queridos escritores. El profesor Armando Peñaherrera Dávila, Delegado Provincial del Instituto Nacional de Cultura de la provincia de Huallaga, ha puesto a caminar sus mejores proyectos para la celebración del Centenario del más célebre de los hijos de Saposoa; pero ningún esfuerzo individual ha de ser suficiente para rendirle el homenaje que se merece. Francisco Izquierdo Ríos no le pertenece sólo a Saposoa, le pertenece al Perú, pero sobre todo a la amazonía peruana, por lo tanto, el homenaje debe ofrecerse y sentirse en todos los departamentos de la Selva: Madre de Dios, Ucayali, Loreto, San Martín y Amazonas. Del gobierno central no hay nada que esperar; está muy ocupado en “no molestar a los hermanos chilenos”; haciendo todo lo que pueda para subastar a nuestra amazonía y de encubrir la matanza de Bagua, crimen del que algún día tendrán que pagar sus responsables. El año pasado, el Centenario del autor de “El mundo es ancho y ajeno”, un clásico de la literatura universal, pasó tan ignorado como si nuestro gran Ciro Alegría fuese de otro país; una prueba más del carácter antinacional del gobierno aprista, tanto en lo económico como en lo cultural.

Es la hora del Gobierno Regional de San Martín. Su presidente, el Lic. César Villanueva Arévalo, debería convocar de inmediato a los gobiernos provinciales y a todas las instituciones que tengan que ver con la cultura: Colegios, Institutos Superiores y Universidades; cuya participación le daría la significación regional a la celebración del Centenario. Convocar a los intelectuales y escritores que conocen la obra del ilustre saposoíno, con el fin de promover conferencias y concursos de revaloración y difusión de su narrativa.

La invitación al Gremio de Escritores del Perú, para que convoque al IX Encuentro Nacional de Escritores en la ciudad de Saposoa, le daría el lustre y la dimensión nacional que Francisco Izquierdo Ríos se merece en su Centenario. Pero también es la hora del SUTEP (el combativo sindicato del magisterio peruano), que tan merecida ejecutoria tiene en la lucha social y reivindicativa, para involucrarse en la lucha por la identidad regional, la belleza y la cultura, convocando en el mes de agosto a una movilización regional de sensibilización y difusión de la obra de Francisco Izquierdo Ríos.

Este año, al menos, las promociones de los colegios y los Institutos Pedagógicos deberían llevar la denominación “Francisco Izquierdo Ríos”; que yo sepa, ningún centro educativo de Saposoa lleva el nombre de su hijo predilecto. De igual forma, la Biblioteca Municipal de Saposoa debe reabrirse de inmediato, reinaugurándolo con el nombre de Francisco Izquierdo Ríos; sólo la indolencia o la repulsión a la cultura por parte de las autoridades puede mantener cerrado un centro del saber, donde tantos libros hemos leído en nuestra época de estudiantes.

Pero cualquier homenaje a Francisco Izquierdo Ríos pasará como un simple relumbrón efímero y anecdótico, si es que no se proyecta mantener vivo su legado y su testimonio, difundiéndolo en las nuevas generaciones, y eso pasa porque el Gobierno Regional tenga que sacar una reimpresión especial de su sobra para distribuirlo en los centros educativos de la región.

Todo esto es factible, salvo mejor parecer.

lunes, 9 de agosto de 2010

Google y la Biblioteca de Babel. Según calcula, 129.864.880 es el número de libros publicados en el mundo a lo largo de la historia

Google ha contado los libros que han sido publicados en el mundo a lo largo de la historia y ha obtenido esta cifra: 129.864.880. La compañía informó de sus cálculos este jueves en su blog oficial.

En la compañía de Eric Schmidt se han entregado a esta tarea casi imposible para lograr que Google Books lleve un buen catálogo mundial de suministro de la información impresa, ya que para eso necesita saber cuántos libros tiene que escanear.

Para hacer el recuento, los ingenieros de Google se han basado en los catálogos de bibliotecas y organizaciones, así como de sus propios recursos de cómputo y la experiencia de sus “Books Library Project” y “Books Partner Program”.

Como explican en el blog, este cálculo utiliza un algoritmo que combina la información de los libros de múltiples fuentes, incluyendo las bibliotecas, WorldCat, catálogos nacionales sindicales y los proveedores comerciales.
Además, recuerdan que el número real de los libros es siempre creciente y, para los más curiosos, ofrecen una explicación más detallada del cálculo en el blog de Google Books.

jueves, 5 de agosto de 2010

Del archivo al architexto como construcción de una identidad moderna en "Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño. Por Paul Verde Hinojosa

A los realvisceralistas nadie les da
NADA.
R. B.


La literatura y la filosofía desarrollarán siempre conflictos muy cercanos: la visión de la vida. El sentido de un personaje literario tendrá ineluctablemente una intención y, por tanto, una ideología (entendida finalmente como un tipo de filosofía). En este caso, la filosofía ayudará a dar una perspectiva sobre cómo un personaje literario, Juan García Madero, representa al pensamiento actual y en qué sentido propone no una solución, ni mucho menos una problematización, sino mostrar, desde la crisis misma de su pensamiento (propio de nuestro tiempo), nuestro pensamiento y solución. Es decir, cómo construye su identidad, qué direcciones tiene, por qué el sentido del vacío llena la mayor parte de sus acciones o aptitudes; y cómo la poesía es el exacto medio no para vivir, pero sí para morir trascendentemente aunque finalmente esto solo sea una utopía que al rozar con la realidad se desmitifica, se degrada y finalmente se vulgariza hasta arrastrarlo al olvido.

Este análisis parte de cómo la visión misma de la novela influye para que dicho personaje exista como tal, puesto que él habita ante todo en la novela. La naturaleza de este individuo ficcional no solo se supedita a la trama, sino también en cómo es contada.

La función de la novela, como un género inacabado (Bajtin), propone en su estructura diversos medios de expresión que a su vez no solo se encargan de lo narrado sino también en su forma de representar (parodiar) el universo que crea, por lo cual entabla un diálogo con el lector y de esta forma concibe un tipo de identidad. Estas ideas permiten apreciar la magnitud inacabada de su interpretación ya no solo como algo estéticamente propuesto, sino también desde el plano cultural. La novela de por sí problematiza al hombre y lo lleva hacia algún lado; el objeto de este trabajo es ver hacia dónde va García Madero, qué lo convierte de un adolescente que vive con sus tíos a un escritor (aunque es un poeta nunca se leen sus poemas y paradójicamente lo único percibible de ello es la forma de narrar la trama) que convive con una joven prostituta lejos de la capital.

El presente trabajo intenta dar una perspectiva sobre ello, partiendo de la novela como un depositario cultural (González Echevarría) hacia una dialogización de los elementos literaturizados que alberga como referenciales y comparativos (Gerard Genette) y, en ese proceso, cómo se ve configurada la identidad del ya mencionado personaje.

Algunas perspectivas de la modernidad y el sentido de la identidad en "Los detectives salvajes"
Uno de los sempiternos problemas de la sociedad es la crisis del pensamiento. A pesar de que este fenómeno se manifieste de formas distintas, el objetivo será develar de qué forma se da en nuestro tiempo y así buscar alternativas que respondan estas insoslayables coyunturas.

Tal es el caso de la modernidad que, en términos de Charles Taylor, indica la existencia de un individualismo que se proyecta como un grave problema de la actualidad, puesto que ello entorpece la comunicación del hombre y por lo mismo una de sus condiciones inherentemente esenciales.

En “Las fuentes del yo” hace un estudio de este problema y postula que de esta incomunicación se colige de una “ética de la inarticulación” que no busca una conexión con el otro, lo que propicia en él un achicamiento de perspectivas de la vida y por tanto aquella aspiración al bien que postula Aristóteles en “Ética a Nicómaco” es falazmente llevada. El individuo relativiza su noción de reflexión y, consecuentemente, de sí mismo.

Bolaño transporta esta crisis del pensamiento a García Madero. Es un personaje que ve solo como objeto cuestionable a la literatura, pero no a sí mismo ni al resto, él anula cualquier contacto con lo existencial y se deja llevar por las circunstancias anodinas de su recorrido por la ciudad de México; se va configurando a través de lo inmediato (el diario le da esta funcionalidad), de ahí su sensación de hastío o una apatía que palpita en él en diferentes pasajes de la novela; sin embargo, existe algo indesligable de su vida: la narratología de ella, esto se evidencia en la presencia del diario, a través de él se conoce la historia en un primer nivel ( la primera parte de la novela, Mexicanos perdidos en México 1975 y en la tercera, Los desiertos de Sonora 1976):

“... apoyado en la barra, escribiendo indistintamente mi diario y algunos poemas (puedo saltar de una disciplina a otra sin ningún problema)...” (92)

“...Todo el día deprimido, pero escribiendo y leyendo como una locomotora...” (97)

En estas dos citas, encontramos a un García Madero que ve la acción de escribir como algo cotidiano y además que lo acompaña en todo momento, por lo que no es una forma de desfase con la realidad, sino que a través de ella puede matizar lo que está a su alrededor, desde un punto de vista individual y parcial, su compromiso no está en la sociedad ni siquiera con él mismo, está en la escritura. Esto se evidencia ya desde las primeras páginas cuando sus tíos deciden por él para que estudie Derecho:

“Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tío insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso le dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche…” (13)

Desde el inicio la resignación no forma parte de una tragedia o una debacle pero sí una forma de no transgredir u oponerse ante lo decidido. Tal actitud es una paradoja en la novela porque a pesar de ello García Madero lo abandona todo para enrumbarse en la empresa de buscar a la poeta Cesárea Tinajero, aunque esta búsqueda es algo también circunstancial por que se aúna a la persecución de Alberto el proxeneta de Rosario. Él no decide, solo se deja llevar por lo que se presenta. Entonces el aparente vacío en sus perspectivas conllevan a tomar las ideas de Lipovetsky en “La era del vacío”: “La modernidad prefiere la reflexión metafísica sobre la nada” (34). El personaje entiende de su entorno lo no pensable, pero sí escribible; esto no lo degrada en el sentido ontológico del término, la indiferencia que se desprende de ello le da otra forma de ver la vida:

“La indiferencia designa una nueva conciencia, no una inconciencia, una disponibilidad, no una ¨exterioridad¨, una dispersión, no una ¨depreciación¨” (41 - 42)

Al evidenciar esto, lo que busca el autor, más que criticar una generación (que lo hace desmitificando las figuras del canon), es mostrar desde el desencanto una nueva, forma un nuevo canon literario desde esta visión decadentista de la literatura y de la vida. Es por esto que hacia la tercera parte de la novela el espacio es un desierto que puede ser tomado como una alegoría de la búsqueda misma, la figura del desierto como un espacio árido de opiniones y compromisos “un desierto paradójico, sin catástrofe, sin tragedia, ni vértigo” (35).

Ellos van hacia su gran referente poético (Cesárea Tinajero) y lo único que encuentran es una figura totalmente opuesta de lo esperado:

“...Cuando llegamos habían sólo tres lavanderas. Cesárea estaba en el medio y la reconocimos de inmediato... Cesárea no tenía nada de poética. Parecía una roca o un elefante, sus nalgas eran enormes y se movían al ritmo de sus brazos, dos troncos de roble, imprimían al restregado y enjuagándole la ropa.... miré a Lima, había dejado de sonreír. Belano parpadeaba como si un grano de arena le estorbaba la visión...” (602)

La imagen de la poeta determina la esencia misma de los personajes, persiguen utopías y su desencantamiento (acompañado del humor usual sobre lo narrado) desmorona sus paradigmas y lo mismo para el lector, puesto que el principal móvil de la trama que apunta hacia ella termina con una muerte instantánea sin ningún tipo de relevancia. Los detectives salvajes llegan hacia ella trayéndole la muerte, pues es asesinada en el momento en que son encontrados por Alberto, siendo abaleada en el pecho.

La finalidad de los personajes que se enrumban en un auto hacia un rumbo acaso insospechado muestra también aquello que la Beat Generation norteamericana mostró sobre todo por Jack Kerouac: la nada no como una banalidad sino como un camino desolado propio, autónomo y auténtico. Los detectives salvajes se gestan desde su aislamiento, desde su círculo excluyente en donde la poesía no se concibe desde el academicismo (el único quien lo posee realmente es García Madero) sino en el tránsito de sus vidas, su thelos no está en la llegada hacia la meta sino en el transcurso de ella, puesto que la poesía como esencia misma de la vida solo se va construyendo asimisma a través de la experiencia, de los viajes, del desplazamiento; en consecuencia, no es un discurso del fracaso.

Tal como menciona Taylor, “los pensadores de los primeros años del siglo XX eran duchos en un problema que hoy sigue planteándose: ¿Cuál es el lugar del bien?” (482)

El filósofo canadiense nuevamente propone esta interrogante en la modernidad, para García Madero el lugar del bien no se encuentra en él mismo, ni mucho menos en los demás sino en la poesía, aunque como de costumbre nunca se sabrá aquello porque en la novela la poesía de Madero nunca se llega a conocer salvo un título, “Todos sufren”, y un comentario sobre esta “sólo me preguntó por qué utilizaba palabras malsonantes... blasfemias, groserías, tacos, insultos. Ah eso, le dije, debe ser por mi carácter” (104).

La novela de un espacio cultural (archivo) hacia un espacio dialogístico y paródico (architexto)
En términos de González Echevarría, la novela se comporta como un depositario de relatos maestros que conllevan a articular un discurso interpretable del mismo; en consecuencia, esta multiplicidad generada por las diferentes interpretaciones dará lugar no solo a una visión particular, sino a una forma de leer el relato; es decir, la lectura que se le dé al texto dependerá entre diversos factores al tiempo generacional, lo cual propicia una identidad maleable que se reactualizará como un mito que describe el origen de algo. En tal sentido, la novela funciona como un espacio cultural, pero moldeable a su interpretabilidad; sin embargo, ¿qué sucede cuando los textos literarios son negados y existe una destrucción del mismo? O ¿cuándo se es conciente que todo lo que se ha escrito es insuficiente para mostrar siquiera una cosmovisión particular? De esta manera, en “Los detectives salvajes”, estas dos preguntas predominan en los personajes principales (Juan García Madero, Arturo Belano y Ulises Lima). Ellos se sirven del archivo para destruirlo y desmitificarlo, ávidos lectores, que desde su conocimiento (acaso detectivesco) le dan un sentido particular de la tradición. Propio del estilo vanguardista ellos construyen su propio canon, fundan una forma particular de ver a la literatura y crean sus propios mitos (se aproxima al Boom latinoamericano en este aspecto; sin embargo, no toman la tradición popular de una o varias culturas, pues lo hacen a través de los escritores que funcionan como mito). Es así como perciben su propio el canon de poesía:

“Ernesto San Epifanio (vicerrealista) dijo que existía literatura heterosexual, bisexual y homosexual... la poesía en cambio era absolutamente homosexual... Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos.” (83)

Desde lo humorístico crean seriamente (si cabe la relación) su propia clasificación, que pareciera más cercana a ellos, una proximidad entre escritores. Van jerarquizándolo y a la vez legitimándolo:

“Pablo Neruda, un poeta marica, Wiliam Blake maricón sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso asexual. Rubén Darío, un loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas... Debíamos remontarnos a Amado Nervo (silbidos) para hallar un poeta de verdad, es decir un poeta maricón... y en Latinoamérica, ¿Cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte... el resto maricas tipo Huidobro...” (pág. 83 - 84)

En términos de González Echevarría, “el archivo no canoniza, porque la primera ley del archivo es una negación, un corte que organiza y dispersa” (67).

Los vicerarrealistas funcionan como depositarios de relatos maestros, es decir son archivos andantes que en primera instancia violan su primera ley, ya que su carácter fundador refleja una intención de forjar una forma distinta de ver a la literatura. Es por esto que hacen un vasto recuento de toda la poesía universal y dan su propia definición de buen poeta o poeta maricón, “los maricones... pareciera que vivan permanentemente con una estaca removiéndoles las entrañas” (85). Y desde ese marco crean su mito, “¿Y cesárea Tinajero, es una poeta maricona o marica?... Ah Cesárea tinajero es el horror ‘- dijo san Epifanio” (85).

En este sentido, las definiciones constituyen los cimientos de sus concepciones y trascienden el almacén que representan para dialogizarlo, el mito moderno revela la relación entre el conocimiento y el poder de legitimidad.

Este grupo literario, los real viceralistas, lo hacen con el propósito no sólo de mostrar una propuesta literaria (que nunca se muestra clara) sino una forma de vida; es decir, gestan esta propuesta no desde una preocupación estética, formal o temática, sino más bien vivencial, desde su propia y marginal forma de ser (fuman marihuana y la venden para obtener fondos para su revista literaria) colindan con lo sórdido e intelectual (García Madero roba libros).

La negación de la novela como archivo no es solo una eventualidad que se estanca en lo ficcional, sino que es una metáfora de una tendencia generalizada hoy en día, la visión de la nada cobra una legítima tendencia, los “detectives” nos conducen contradictoriamente hacia ninguna parte.

No obstante, desde esta configuración, la novela adquiere otro matiz que si bien como trama lleva al lector a una cruel broma en términos expectativos aristotélicos (sin una tragedia o desenlace), en la estructura misma del personaje ofrece algo más profundo que lo contado, a hipertextualidad(*), cuya función comparativa evidencia no un personaje simplón que se deja llevar por lo momentáneo como García Madero, sino como alguien que parte de su propia condición, contextualizado y desde donde genera su horizonte de expectativas. Genette nos habla sobre la noción paródica de la novela no como una visión plenamente burlesca, puesto que esta trata de travestir a los verdaderos personajes en donde lo cómico se encuentra en la antítesis entre el rango y las palabras de sus héroes (33). Y es lo que sucede a lo largo de la novela, la parodización conduce a la novela de un archivo con carácter identitario y fundacional a una representación más compleja que ella, la lleva al plano del personaje en su tiempo. En este caso, se toma elementos reales (los escritores del canon) y lo transportan a la ficción, y, en este nivel, se gesta una aptitud para con la literatura y para con la vida. Asimismo, propone al lector una mirada distinta de lo que seguramente él tomaba de una forma tradicionalmente aceptada (tal es el caso de Cesárea Tinajero que rompe con los parámetros tanto del lector como de los personajes). “Los detectives salvajes” funciona como un hipertexto al momento de juntar la historia de la literatura para forjar la suya dentro de la misma trama, entablando una participación acaso más activa con el lector puesto que este al encontrar estas referencias se siente también un tipo de detective. Esto ya se había visto en Borges, aspecto también trabajado por González Echevarría, sin embargo a diferencia del escritor argentino (que también es mencionado en la novela) el humor esparcido en la novela le quita el aura solemne de lo literario percibido por el lector y forja uno nuevo: “El hipertexto es una mezcla indefinible, e imprevisible en el detalle, de seriedad y juego (de lúcido y lúdico), de producción intelectual y de divertimento” (496).

Como lo menciona Genette, esta mezcla de lo lúdico y lúcido complejiza la lectura y desarrolla, desde esta interrelación, cómo “Los detectives salvajes” es una novela múltiple en diferentes niveles tanto temáticos como formales. El ejercicio de la escritura para García Madero no es una forma de fundar, sino una forma de sobrevivir en la historia, él no da señal alguna de para qué escribe el diario pero sí cumple la función de un legado o más bien de una pista en donde el lector tiene el enigma (finalmente qué suceden con los personajes) y, también, la información para convertirse en un propio detective (los testimonios recobrados, no se sabe por quién, que aparecen en la segunda parte de la novela) y descubrir el sentido de la vida de estos vicerrealiastas, y, finalmente, por qué se separaron de esa manera. Este diálogo nos lo da la novela cuando es tomada como un hipertexto y no solo como una narratología de sucesos.

Conclusiones
Mabel Vargas plantea que en “la novela... se ve sometido el vacío que implica la búsqueda del origen. Por tanto, se trata de un texto que se plantea como crítico de la modernidad instalándose en un discurso del fracaso” (43). Sin embargo, la noción de fracaso, a mi entender, no está en la búsqueda del origen, por que la principal empresa de ellos es vivir como escritores y lo logran en las experiencias que tienen a pesar que ello no los conduzca a nada. El individualismo forja una aptitud particular en García Madero, lo importante está en el trayecto no en su finalidad, por que como la literatura, nada tiene un principio ni un final. Precisamente, por ello, lo visceral o realvisceral es ser conciente de ello y ciegamente enrumbarse en un camino no hacia lo absurdo o hacia la trascendencia, pero sí a un designio personal que es escribir para respirar y respirar para escribir. Por último, no sabemos qué es lo que sienten los personajes, pues el narrador no nos permite ese acceso, y, por lo tanto, es la intuición identitaria del lector lo que, inconcientemente, la completa. La hermenéutica de García Madero es constante aun cuando lo entiende lo que ve, “Hoy no pasó nada, Y si pasó algo es mejor callarlo, pues no lo entendí” (117). Así este personaje ve en la vida un constante acertijo en donde lo importante no está en descifrarla siempre, sino en percibirla y esperar el momento oportuno para hacerlo (si es que llega). La razón o el motivo principal del personaje principal, su poesía, nunca se descubre; como diría el personaje sartreano, Antoine Roquentim, “si me hubieran leído seguramente hubiera intentado complacer. Siendo clandestino, fui auténtico”. La espera nula del lector en conocer esto da una multiplicidad mayor a ese joven poeta que recorre pensando en los abismos que separan al poeta del lector (88), lo cual conduce este pensamiento a dos planos, en lo narrado para el personaje y lo escrito para el lector mismo. García Madero no busca una identidad, mas no por eso deja de ser irreflexivo: la gran paradoja del ser moderno.

Finalmente, esta novela expone una trama episódica, eventual y documental que trasciende la inmediatez del diario y los testimonios a labor activa del detective-lector para completar la historia. Se trastoca, complejiza cuando deja de ser un elemento interpretable como archivo a pasar a un elemento dialogizable del hipertexto, puesto que, en el primer caso, la interpretación parte de una simbolización generacional que busca fundar y dar un inicio, mientras que en la segunda deja suspendida esa intención para dar una percepción que se gesta en la no clasificación misma, porque reside en la parodia y, por tanto, esta antítesis no propone sino muestra, polemiza, instiga y consecuentemente desde lo lúdico gesta algo muy serio, una identidad fragmentada, ficticia y a la vez real.

Notas
(*) Entendida como un texto derivado de otro texto anterior por transormación simple o directa diremos imitación (pág 17)... “la historia de la hipertextualidad, que se confunde con la historia de la literatura, podría así rizar su propio rizo” (pág 467) GENETTE, GERARD. “Palimpsestos, La literatura en segundo grado”. Taurus, Madrid 1989.

Bibliografía
Bolaño, Roberto. “Los detectives salvajes”. Barcelona: Anagrama, 1998.

Genette, Gerard. “Palimpsestos, La literatura en segundo grado”. Madrid: Taurus, 1989.

González, Echevarría. “Mito y archivo. Una teoría de la narrativa latinoamericana”. México D. F.: FCE, 1998.

Lipovetsky, Gilles. “La era del vacío”. Barcelona: Anagrama, 2002.

Taylor, Charles. “Las fuentes del yo”. Barcelona: Paidós, 1996.

Vargas, Mabel. “La escritura como táctica abismada de lo policial en “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño”. Tesis de licenciatura. Universidad de Chile, 2004.


Fuente: La Siega.

lunes, 19 de julio de 2010

Martín Heidegger: La palabra. La significación de las palabras

Tan pronto como hablamos de “significación” de las “palabras”, hemos dispuesto a éstas de conformidad con su sonido verbal (Wortlaut), al cual le está adherida una “significación”. El sonido (fvn®) es, como algo sensiblemente dado, lo más próximo y real. Lo otro le es adherido y sobrecargado, de manera que la palabra, como configuración sonora, se convierte en la portadora de la significación.

¿Acaso no se puede comprobar y confirmar todo esto, siempre, en la constancia fáctica del lenguaje? Por cierto. ¿Pero quiere decir esto que el lenguaje es pensado, así, a partir de su “inicio” (“Anfang”)? El inventario en términos de sonido verbal, significación, resulta de la pregunta de esencia: ¿qué es el lenguaje? En qué consiste. Fácilmente se reconoce el carácter metafísico de este inventario. Lo fónico y la fonación es lo físico, la significación es lo no-sensible (el sentido [Sinn]), es decir, lo metafísico. Pero, pensado más exactamente, el inventario se muestra todavía de otra manera. Está dada la palabra sonora y el objeto designado en ella (la cosa, por ejemplo). Únicamente a partir del [doble] hecho de que la palabra “designa” (“bezeichnet”) la cosa, mientras que el sonido en sí mismo sólo suena y resuena, se llega a la función de designación de la “palabra” con ayuda de aquello que no puede ser ni mero sonido verbal ni la cosa designada: y esto es la “significación”.

Surge la pregunta de dónde ha de situarse esta forma (Gebilde). Se la confía al representar y opinar. Se ha caído, sin advertirlo, en el círculo de la relación del hombre al ente, en cuanto que en este círculo es posible la concordancia entre representar y objeto, concordancia que se llama “verdad”. El mencionado inventario de la esencia de la palabra y del lenguaje no sólo presupone un saber acerca del ente y del hombre, sino que se mueve en una esencia de la verdad que se ha admitido sin reparo. Dentro de este círculo ya resuelto, que manifiestamente es el de la metafísica, se mueven, entonces, todas las discusiones sobre el lenguaje y la palabra. La metafísica proporciona los ingredientes de las indagaciones de la filosofía del lenguaje y de la ciencia del lenguaje, pero a la vez proporciona inmediatamente y sin que se lo advierta el circuito de los posibles respectos entre los cuales se mueven, en una y otra dirección, las diversas teorías.

Pero si la metafísica como tal no es lo inicial, entonces todo “saber” habido hasta ahora acerca del lenguaje no puede ser lo verdadero (das Wahre).

Mas ¿por qué ha de ser necesario un semejante saber inicial? Ciertamente, no porque se trate de una correcta organización de la investigación, sino porque la palabra y el modo en que ella es contribuye a decidir el destino del hombre (das Geschick des Menschen mitentscheidet).

El perfeccionamiento de la ciencia del lenguaje, puesto como meta de la meditación “sobre” la palabra, sería un motivo demasiado precario para el pensar. Pero aun la amenaza a la esencia del hombre (die Bedrohung des Menschenwesens) a causa de la decadencia (Verfall) del lenguaje y la degradación de la palabra no puede bastar para justificar el pensar “sobre” la palabra, ya, empero, aparentemente reflexionado. Además de esto, la decadencia del lenguaje es quizá solamente una consecuencia de la amenaza a la esencia del hombre, amenaza que viene de otro origen. Ella surge del olvido del ser.

Pero la palabra podría, ciertamente, pertenecer a la verdad del Ser (Seyn). Entonces sólo podría hablarse acerca de la palabra (vom Wort nur… sagen) a partir del pensar inicial del Ser. Entonces habría que esclarecer desde allí en qué respecto se encuentra ella con los ingredientes usuales del lenguaje, y sobre todo con aquello que, a diferencia del cuerpo verbal, se denomina “el alma”, con la significación. Si la metafísica acierta con algo correcto, entonces esto correcto, sin importar lo que sea de su verdad, tiene que ser pensado, de todos modos, en su origen.

No por causa del hombre (nicht des menschen wegen) el pensar inicial piensa en pos (nachdenkt) de la palabra, sino en gracia al Ser (dem Seyn zum Dank).

Así podría propiamente acontecer (sich ereignen) que los consabidos ingredientes del lenguaje mostrasen un distinto “modo”. Una simple reflexión conduce a lo libre.

Habitualmente las palabras, y, más precisamente, la acuñada conexión de un hablar en la conversación del lenguaje (der geprägte Zusammenhang eines Sprechens im Gespräch der Sprache), mientan al ente. Cada “algo” de lo que se habla en la conversación (das im Gespräch besprochen wird) es un ente.

No obstante, en la conversación se esconde todavía algo dicho que no es algo de que se hable. Precisamente esta palabra “es” que acaba de ser mencionada dice “algo” que no es un “ente”; la palabra nombra al Ser.

¿Es, esta palabra, sus derivaciones y sus ocultas formas en el articulado ensamble del lenguaje, sólo una excepción entre las palabras, es un extraño en medio de las constancias lingüísticas, o es la palabra de todas las palabras, en la cual todas las palabras pueden, ante todo, ser palabras? Si fuera así, entonces el Ser primeramente regala (schenkt) al ente, expresamente o no (ob ausgesprochen oder nicht), el aparecer y el mostrarse, de forma tal que puede ser lo designable y lo designado en el sentido del significar habitualmente entendido.

Entonces el Ser primeramente regala al ente el que, luciéndose al aparecer (es erscheinend sich lichtend), indique (deutet) hacia algo otro y a sí mismo. Entonces el Ser regala primeramente al ente la posibilidad de tener una significación.

Entonces el Ser es aquello que regala y señala (be-deutet) al ente con tales significaciones. El Ser dota (be-denkt) (como la gracia inicial [der anfängliche Dank]) al ente con estas significaciones. El Ser es lo señalante (das Be-deutende).

Así resulta, por contraposición con la metafísica del lenguaje, algo otro: no que el sonido verbal signifique al objeto con ayuda de una “significación” que viene al vuelo desde alguna parte, sino que el Ser señala (acontecedoramente) al ente como tal, de manera que lo apropia (ereignet) en el indicar (Deuten) y mostrar (Zeigen) de las señas iniciales (anfänglichen Zeichen), y lo acontecido en propiedad es primeramente aquello a consecuencia de lo cual la palabra puede ser acogida por lo pronto, y solamente, en conformidad con el mero sonido, y puede, luego, ser perfeccionada (ausgestaltet) con la “significación”.

Lo que es propiamente dicho en el lenguaje, lo soslaya la conversación, en tanto que sólo representa y aprehende aquello de lo que se habla.

¿Puede sorprender que el “es” y el “ser” sólo sean admitidos como palabras auxiliares?

Sólo porque el lenguaje se origina en el Decir del Ser (Sage des Seyns) puede llegar a ser lenguaje. Pero el Decir del Ser no se deja nunca pensar y experienciar ni desde el lenguaje ni desde la explicación metafísica del lenguaje.

En todo caso, en un sentido inicial, la palabra “ser” es la palabra auxiliar por antonomasia, en la medida en que primeramente auxilia al lenguaje a llegar a ser él mismo, también allí donde esta palabra inaparente se rezaga en el ocultamiento de lo inicial.

Con esta palabra (ser, es…), el hombre ha recibido ya la garantía de que, antes que todo ente, el Ser es dicho y decible. Pero al mismo tiempo se ha destinado la capciosidad (das Verfängnis) de explicar la palabra sólo a partir del lenguaje y, así, de excluir al pensar del camino que medita en conformidad con el inicio del lenguaje (dem Anfang der Sprache nachdenkt).

El hombre tiene el lenguaje, porque el lenguaje se origina en la palabra, pero la palabra, como el Decir del Ser, tiene al hombre, es decir, lo afiata en su destinación (bestimmt in seine Bestimmung). Lo a-fiatante (das Be-stimmende) es la voz (Stimme) del Ser, que no se disipa en rumor (verlautet), sino que se acalla (sich verschweigt) en la queda (Stille) de la remisión del Ser a su verdad (acallamiento y velamiento).

Si, no por causa de la poesía (Poesie) y la filosofía, ni menos para fines de una ulterior forma de organización de su ejercicio, vale decir, la cultura, sino en gracia al Ser, hubiese la urgencia de pensar el pensar y el poetizar (das Dichten) en su inicialidad y su envío (Schickung), entonces esto sólo puede llegar a ser posible a partir de un saber de la palabra y de su iniciación. La apelación y la mirada al lenguaje y a la “palabra” comprendida desde el lenguaje son caminos extraviados.

Pero si el Ser en su verdad es la remisión a la despedida (die Verwindung in den Abschied), en la cual se regala la venida del resguardo del inicio (die Kunft der Bergung des Anfangs), si el Ser es acontecimiento de propiación y, como éste (es decir, como la vuelta de separación y venida [die Kehr von Schied und Kunft]), el favor y la gratitud (die Gunst und der Dank), entonces se guarda (verbirgt sich) en el Ser mismo el poetizar y el pensar.

El poetizar es el Pre-decir (die Vor-sage), el Decir inicial, que acontece en propiedad como el favor de aquello que no es hecho y que no puede ser calculado a partir de lo meramente presente y lo efectivo (aus Vorhandenem und Wirklichem). El poetizar es el favor pre-dicente de la guardiana de lo sagrado (der Hüterin des Heiligen). Porque el poetizar es el favor predicente, por eso le pertenece lo despejador-proyectante de la “fantasía”. ¿Cómo ha de pensarse la interna referencia de lo por-poetizar a lo sagrado?


“Das Wort / Die Bedeutung der Wörter”. Tomado de Zur philosophischen Aktualität Heideggers, Bd. 3, “Im Spiegel der Welt: Sprache, Übersetzung, Auseinandersetzung”, hsg. v. Dietrich Papenfuss u. Otto Pöggeler, Frankfurt/M: Klostermann, 1992, pp. 13-16. La nota aclaratoria proporcionada por Friedrich-Wilhelm von Herrmann (editor de las obras completas de Heidegger) indica que este breve manuscrito, hasta entonces inédito, está referido, mediante una inscripción en la portadilla (que lleva el título “La palabra”), a un texto escrito en 1944 bajo el título “Die Stege des Anfangs” (“Los senderos del inicio”). También en la portadilla, así como en la primera página del manuscrito (que lleva el título “La significación de las palabras”), está registrada la palabra “Ereignis”; por último, la portadilla enseña también la seña “vgl. Dichten und Denken — Inständigkeit” (“cf. poetizar y pensar — instancialidad”).

Traducción de Pablo Oyarzun Robles.
Edición electrónica de www.philosophia.cl/ Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.
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sábado, 17 de julio de 2010

Heinrich Böll murió hace 25 años


Berlín. DPA

“No quiero tener una imagen ni ser una. Alemania no necesita preceptores... necesita ciudadanos críticos y atentos, que no necesariamente tienen que ser autores. Los autores también son ciudadanos que posiblemente se pueden expresar, nada más”. Así se expresaba Heinrich Böll, el principal escritor de la Alemania de la posguerra y Premio Nobel de Literatura.


Böll murió hace 25 años, el 16 de julio de 1985. Con sus expresiones intentaba desprenderse de la imagen de “conciencia de la Nación” en que lo erigió un país que se recuperaba de la guerra.

Con una prosa clara, el escritor leído por generaciones de estudiantes alemanes y muchísimos extranjeros describió como pocos el regreso de los alemanes del frente de batalla y los daños morales que causó a la sociedad el ‘Reino de los Mil Años’ proclamado por el dictador Adolf Hitler.

Escribió unos 60 cuentos y seis novelas únicamente en los primeros tres años de la posguerra. Supo desnudar la moralina pequeño burguesa y el materialismo al que se volcó la Alemania del “milagro económico” que sucedió a la derrota del nacionalsocialismo. De profunda fe católica, tampoco escatimó críticas para con la Iglesia como institución, representada en muchos personajes de sus novelas.

Fuente: El Comercio.

Los escritos de Kafka salen de las cajas fuertes

Zúrich. AFP

Los manuscritos y dibujos de Franz Kafka serán exhumados de las cajas fuertes del banco suizo UBS, en el marco de un litigio judicial que enfrenta a las herederas de esos documentos y las autoridades israelíes, indicó ayer la prensa helvética.


El lunes próximo se abrirán cuatro compartimientos de cajas fuertes del UBS en Zúrich donde se encuentran desde hace más de 50 años los manuscritos y dibujos del autor del proceso, fallecido de tuberculosis en 1924 en Austria, precisó el Neue Zurcher Zeitung.

UBS, contactado por la AFP, se negó a hacer comentarios, pues este banco no divulga informaciones “sobre la actividad de la clientela”, según un portavoz.

La apertura de las cajas fuertes en Zúrich tendrá lugar después de una operación similar en dos bancos de Tel Aviv, por orden de un tribunal israelí, destacó este periódico.

La profesora de Literatura Itta Shedletzky será la primera persona que tenga acceso a esos documentos y deberá hacer su inventario. Franz Kafka nació en 1883 en Praga, que en esa época se encontraba en el Imperio Austro-Húngaro, y dio instrucciones a su amigo Max Brod de que quemase su obra después de su muerte. Pero Max Brod no cumplió con su pedido y luego de emigrar a Tel Aviv en 1939 para escapar del nazismo publicó esos textos.

Luego legó la sucesión a su secretaria, Esther Hoffe, quien a su vez la legó a sus hijas. A la muerte de su madre, hace tres años, ellas quisieron que las autoridades israelíes confirmasen esta herencia. Actualmente, se desarrolla un proceso en Tel Aviv para establecer si las herederas pueden disponer libremente o no de esta sucesión.

La Biblioteca Nacional de Israel en Jerusalén aprovechó la ocasión para intentar, según su director Shmuel Har Noi, “recuperar los manuscritos de Kafka”.

La vida del autor:
- Franz Kafka es considerado como uno de los mejores escritores de la Literatura Universal.
- Fue autor de tres novelas (El proceso, El castillo y América), una novela corta (La metamorfosis) y un cierto número de parábolas y relatos breves.
- El escritor fue enterrado en Praga. Era de origen judío.

Fuente: El Comercio.

Publican cartas entre Ginsberg y Kerouac

Kerouac, Ginsberg y Corso.

Misivas revelan la amistad cómplice de los animadores de la generación beat. Libro publicado en inglés, lleva el título Jack Kerouac and Allen Ginsberg: The Letters.

Editado de La Tercera
La escribió en tres semanas, pero publicarla sería toda una hazaña. Antes de ver impresa su novela En el camino (1957), Jack Kerouac tuvo que soportar rechazos de editoriales durante siete años. Iba a detonar el estallido de la generación beat, pero incluso sus más cercanos dudaron de la novela. “No veo cómo pudiera ser publicada, es demasiado personal, está llena de lenguaje sexual y tiene tantas referencias a nuestra mitología”, le soltó Allen Ginsberg en 1952, quien por esos días paradojalmente había asumido la tarea de encontrar un editor para la novela.

Amistad y creación
La honestidad de Ginsberg hizo tambalear su amistad con Kerouac, pero estuvo lejos de derrumbarla: primero como anónimos aspirantes a escritores y luego como leyendas vivientes, mantuvieron una intensa relación por 25 años. La prueba acaba de ser publicada: el libro Jack Kerouac and Allen Ginsberg: The Letters recoge la correspondencia entre ambos desde 1944 hasta 1969. Son 180 cartas.

Aunque para el autor de Los subterráneos iban a ser otra cosa: “Algún día las cartas de Ginsberg y Kerouac harán llorar a los americanos”, le escribió a Lawrence Ferlinghetti.

Amigos desde 1943, cuando se conocieron en Nueva York, Ginsberg y Kerouac tuvieron desacuerdos, se alejaron, pero siempre hicieron las pases. Luego de haber dudado de En el camino, Ginsberg tuvo que reconocer que le había copiado su sistema de escritura: “Te robé”, le informó en una carta de 1955, donde decía que había escrito un poema muy personal, plagado de sexo y referencias privadas: “El aullido”.

Seis años antes, cuando todavía iba por la carretera con Neal Cassidy, Kerouac le adelantaba el proyecto de En el camino: “Quiero escribir sobre nuestra loca generación y ponerla en el mapa y darle importancia y hacer que todo cambie”. Antes de lograrlo, él mismo cambiaría radicalmente: “No quiero hacer nada nunca más, nada de escritura, nada de sexo, nada, pretendo abandonar toda la maldad rebosante de la vida”, le informaba a Ginsberg en 1954, cuando se convertía al budismo. Exageraba.

En 1956, Ginsberg le contaba que había enviado copias de “El aullido” a T.S. Eliot, Ezra Pound y William Faulkner. “También les escribí de ti”, le decía. No sabía que su amigo aborrecería la fama. Después del éxito que obtuvo En el camino, Kerouac le diría a Ginsberg: “Este edulcorado estiércol me está matando. Tengo que escapar o morir”. Y añadía: “No quiero hablar ni ver a nadie”.

A Ginsberg, en cambio, le sentaba bien la fama. Le gustaba ser un ícono de la contracultura americana. Después de años deprimido, en 1963 le escribía a Kerouac: “Todo está bien ahora. Me limpié con ‘El aullido’”. Jack, en cambio, detestaba todo lo que habían producido los beat: “Nuestras mentes han sido completamente arrasadas”, le decía. Iban en caminos opuestos. Hablaban lenguajes diferentes. Se alejaban. “¿Me amarás alguna vez?”, le preguntaría Ginsberg en una de las últimas cartas. Kerouac ya no respondería.

Fuente: La República.

lunes, 12 de julio de 2010

Recordando a Saramago. De cómo los personajes se convirtieron en maestros y el autor en su aprendiz. Discurso de aceptación del Premio Nobel 1998

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: "¿Y después?" Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?"

Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.

Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mal-Tiempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de Alzado del suelo y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de Os Lusíadas, que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Súper-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos. Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de Sôbolos rios. Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada Que farei con este livro? (¿Qué haré con este libro?), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: "¿Qué harás con este libro?". Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.

Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. Él se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra. Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Son tres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del Memorial del convento, un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.

De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde El año de la muerte de Ricardo Reis comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista -Atena era el título- en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".

El año de la muerte de Ricardo Reis terminaba con unas palabras melancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí -La balsa de piedra- separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de La balsa de piedra -dos mujeres, tres hombres y un perro- viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta.

Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en La balsa de piedra hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría História do Cerco de Lisboa, en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas". Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida. Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación, profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas. Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.

Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir El Evangelio según Jesucristo. Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del Nuevo Testamento a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones. Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo. El Evangelio del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdónenlo, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en esa última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró. Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que te devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".

Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló In Nomine Dei. Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en Él creían. La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo...

Ciegos. El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama Todos los nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.

Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdónenme si les pareció poco esto que para mí es todo.
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