lunes, 12 de diciembre de 2011

La muerte tiene una estación. Sobre el último poemario de Manuel Luque. Por Karina Bocanegra Salcedo

El grandioso Dante y su Divina Comedia nos empalaga de muerte, dolor y llanto; pero también de sublimación, de lucha por la vida, de iluminación. La muerte constituye una piedra angular al momento de poetizar, grandes maestros (as) del Arte poética aluden a este estado que le da fin a nuestra existencia de manera irreductible y en ocasiones, obsesiva. No es pues, coincidencia, que el poeta limeño Manuel Luque (1974) intente dibujar la estación donde descansa esa bella dama mustia, cuya negrura es tan profunda como su belleza y al mismo tiempo, como su miseria. “Esta es la estación de los alaridos: Llantos de niños sin padres, maltratados, violados, con hambre, con frío, explotados (…) Un grito estentóreo esculpido en la punta del lápiz. Ésta es la estación donde habito, donde dejo regada toda mi humanidad.” El poeta se siembra en el dolor como si éste fuera verde pasto o esponjosa nube, se alimenta de la muerte, sufre su humanidad, se embriaga.

Haciendo uso la prosa poética, Luque cierne las palabras sobre el (la) lector (a) acompasada pero desgarradoramente, no tiene reticencias ni guarda solemnidad, la desnudez completa es su consigna: “Para cuando leas estas líneas yo estaré cruzando las fronteras del olvido.” En esta cuarta entrega, su poesía es abruptamente honesta y frágilmente humana. En tal sentido, el poeta nombra con desparpajo la realidad de un gran número de sedientos que aspiran copular con la poesía escondiéndose en el Refugio: “…y chelean hablando de sus últimos libros, /de sus recitales de lluvia ácida y se jactan/pero sus versos están regados en las calles del olvido…”

Alejandra Pizarnik decía que escribía para callarse, de ella concluimos que el poema perfecto, el poema soñado, es el silencio. Pero es también la locura, la muerte, el olvido, una razón suficiente para no escribir. He ahí la razón de los poetas.
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