
Todos los caminos es el camino. Hay que arriesgar para nunca perder el ritmo del paso. Y si se le pierde, igual, arriesgar. Vincularse sobre todo con el propio juicio.
Dejo para su lectura el post del que hablo.
Hace diez años publiqué mi primer libro, Luz de limbo. Fue, recuerdo, con mi propio peculio, y con alguna ayuda económica de ciertos amigos, mediante un mecanismo hoy en desuso: los bonos de preventa. En esos años, publicar no era tan fácil como ahora, sobre todo por lo económico, pues los precios de una edición decente de 500 ejemplares superaban los 1,500 dólares de la época.
Releo mi propio poemario ahora, y me doy cuenta de que, a pesar de que tiene poemas que han sobrevivido al paso del tiempo, hoy me convence menos que entonces. Y entonces no me convencía mucho tampoco. Es un poemario correcto, con poemas bien estructurados y demasiadas secciones para su brevedad. Es un primer poemario "clásico", con homenajes a ciertos íconos poéticos personales, con poemas de cierta preocupación social, con poemas de desamor. Es un buen primer poemario pero hay muchos así.
No puedo dejar de sorprenderme cuando algunos amigos elogian ese primer poemario y los poemas -muy logrados, dicen- que contiene. A mí no me atrae para nada esas características del libro. Es más, no me atraen esas características en ningún libro. Creo que si en un libro de poemas el riesgo ha sido suprimido, la exploración ha sido maniatada, lo subversivo ha sido bien encaminado (sic), estamos frente a un problema.
Lamentablemente, lo descrito no solo es problema de Luz de Limbo, sino de muchos poemarios posteriores y anteriores a él. Sobre todo posteriores. Pocos arriesgan, pocos escriben de espaldas a la aceptación fácil (yo mismo empecé a hacerlo recién a partir de mi segundo poemario). Lo seguro atrae como moscas a los poetas, jóvenes y madurones. Lo seguro es la tumba futura de la poesía. Lo seguro, a la larga, es lo más inseguro en poesía.
Foto tomada del Facebook del poeta.
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