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jueves, 1 de septiembre de 2011

Todo el amor a la tierra. Sobre la reciente publicación de NOSTALGIA DE BARRO (Ornitorrinco Editores, 2011), libro de Robert Jara

Nos complace anunciar la publicación de este libro, pues ya merecíamos leer íntegramente el trabajo literario que hasta hace poco, el poeta Robert Jara se había empeñado a tener sumido en el silencio de su escritorio. NOSTALGIA DE BARRO, como se intitula el libro, salió a la luz bajo el cuidado del sello Ornitorrinco Editores, que dirige el poeta y editor Ricardo Ayllón, y que una vez más nos da muestra del impecable trabajo que viene realizando. Desde Gambito de Rey, nuestro abrazo fraterno por este logro con olor a tierra pródiga.

Pronto estaremos compartiendo con ustedes algunos poemas.


Nostalgia de barro
El corazón de todo ser humano aprende del amor desde el momento en que lo invade la llama dulce de la patria chica, del pueblo que cobija su niñez sin esperar nada a cambio. Y el poeta Robert Jara lo ha sabido siempre, por ello estos cantos están dedicados a la tierra que lo vio nacer, crecer y le enseñó la vida.

Sosteniendo este sentimiento bajo el sol de la añoranza, Jara ha logrado perfilar un estilo particular en el que el ritmo de la versificación danza despabilado como los veloces vientos de su región, y donde el trabajo expresivo se organiza con la presencia de los componentes propios de su tierra, partiendo de un manejo lingüístico adquirido en lo más alto de sus influjos literarios.

De este modo, Nostalgia de barro –compuesto por tres libros independientes– fluye como un conjunto lírico en el que la vibración terrígena y las inquietudes de la técnica son la mejor amalgama para comprender el corazón de este poeta enamorado de sus raíces. Lo cual constituye la mejor manera de embarcarnos en la vastedad histórica y vivencial de la cultura del norte peruano.

Ornitorrinco Editores.


Robert Jara Vélez (Guadalupe, Costa norte del Perú, 1969). Se gradúa como Físico Matemático (Universidad Nacional de Trujillo, 1996). Trabaja, desde los ‘90, por el rescate y revaloración de la identidad cultural guadalupana. Funda el grupo literario Namul (Guadalupe, 1997) Viaja a Puerto Rico (1998), donde realiza una maestría en Ciencias Físicas, y concluye estudios doctorales en Física Química.

Es miembro de: grupo literario El Sótano 00931 (Puerto Rico), Asociación Internacional de Músicos Andinos (AIMA), Centro de Desarrollo Cultural RUNAKAY, Gremio de Escritores del Perú (GEP), Casa del Poeta (CADELPO).

Ha sido publicado en: Singuayuco, El Sótano 00931, Tonguas, Los Rostros de la Hidra (antología), Edición mínima (selección de microcuentos y micropoemas), Revista de Literatura de la Universidad de Yauco (edición física); Ciberayllu, Puente Aéreo, Gambito de rey, No-Retornable, Arte Poética (edición digital)

Ha publicado las plaquetas individuales Cantata al Silencio (1996) y Los Abuelos de mis Abuelos (2010)

Actualmente reside en Trujillo, donde ejerce la docencia universitaria.

E-mail: tonko@hotmail

martes, 9 de agosto de 2011

La credencial de un poeta. Por Robert Jara

A mis 41 años aún no he publicado libro alguno, sino tan sólo un par de plaquetas individuales, y un par de plaquetas colectivas, las cuales, por supuesto, no cuentan como carta de presentación y de acceso al clan literario. El por qué no he publicado, no creo que sea importante, como tampoco lo es el por qué alguien sí lo ha hecho. Es innegable que la plaqueta brilla ante el escrito inédito, pero también es cierto que se opaca ante el libro. Basta que digas que has publicado sólo una plaqueta para que tu interlocutor sea víctima del desencanto; silenciosa e inconscientemente te ubicarán unos peldaños más abajo de los que si han publicado un libro. La tribu de poetas, desde hace rato, se ha divido en dos: la de los que han publicado un libro y la de los que no. Esta división trae consigo la vara con que se mide y discrimina. Esta vara parece eliminar el dilema subyacente: ¿hay que haber publicado al menos un libro para ser reconocido como poeta? Si la respuesta es afirmativa, entonces endoso esta otra: ¿con la publicación basta (y sobra) para que alguien sea reconocido como poeta?, ¿la publicación representa, por sí sola, la condición necesaria y suficiente para ser reconocido como poeta? Recuerdo que en Puerto Rico, hace unos años, se abrió un debate al respecto. Pues un grupo de poetas, si la memoria no me traiciona, hizo una invitación pública a los poetas para participar en un encuentro nacional de literatura, con la sola salvedad (publicada en los medios) de que con poetas se referían sólo a los poetas que habían publicado al menos un libro. Las reacciones no se hicieron esperar. Y obviamente las opiniones se partieron en dos: (1) Poeta es todo aquel que además de haber escrito poesía ha publicado un libro de poesía, y (2) Poeta es todo aquel que escribe poesía, independientemente de si ha publicado o no un libro de poesía. Los del primer grupo creen que el libro es quien otorga y valida el título de poeta, mientras que los segundos no lo creen así. Lamentablemente ambas posiciones resultan maniqueas, interesadas, chovinistas: no es casualidad que los del primer grupo sean quienes ya han publicado un libro, mientras que los del segundo grupo los que no han publicado aún. ¿Que objetividad, no? No son sino los hilos del chovinismo en acción, tal como sucede, por ejemplo, en los concursos literarios: quien concursa y gana, dirá, invariablemente, que dicho concurso es trascendental, importante, etc.; mientras que el concursa y pierde, mantendrá su participación en estricto privado hasta la eternidad o bien dirá que el concurso carece de toda importancia, que ha sido amañado, etc.

¿Al poeta lo hace la creación o la publicación? ¿Poeta que no publica no es poeta? Como yo no he publicado aún, comprensiblemente, estoy condenado (o tengo el derecho) a sostener que la publicación no es lo que me hace poeta; sino la creación. Pero, como soy consciente de lo chovinista que es mi respuesta, hago uso de mi licencia para responder todo lo contrario.

¿Es posible que alguien escriba poesía de manera seria sin la intención de publicar? Personalmente, yo no lo creo. Lo que yo sí creo, es que algunos, tarde o temprano, lograrán publicar un libro, y por tanto podrán llevarlo bajo el brazo; mientras que otros, no alcanzarán dicho privilegio. La publicación en ese sentido se convierte en ícono del triunfo o bien del fracaso. A veces la publicación permanece en anhelo (en motor creativo, inclusive), sólo hasta que su sola recordación revive la sensación inmanente de la frustración y/o del fracaso; sensación que ha nacido cuando la esperanza de publicación se desvanece, ya por las reglas del mercado ya por las propias limitaciones del poeta. El poeta termina doblado por la certeza (real o inventada) de que jamás podrá publicar un libro; certeza que lo obliga a sostener con vehemencia que publicar no es su objetivo, que publicar no es importante, etc. Estas afirmaciones no son más que la cura que el poeta se ofrece a sí mismo en salud, no son más que su natural y lícita auto defensa para solapar el fracaso. Es lícito que el poeta que no puede (o cree que no puede) publicar un libro desdeñe la publicación del mismo, al igual que la zorra desdeñó las uvas maduras por el sólo hecho de no poder alcanzarlas.

¿La calidad de la poesía depende del soporte material? ¿La calidad de un poema mejora si en vez de ser publicado en cuero de vaca se publica en láminas de oro? ¿La poesía en sí misma es mejor si se publica en una plaqueta casera que si se publica en una edición de lujo? ¿El poeta es mejor (más) o peor (menos) poeta si sus poemas los publica en un periódico, en una revista tradicional, en una revista cibernética, en un libro,…? ¿Qué es mejor, un puñado de poemas buenos no publicados en libro o un puñado de poemas malos publicados en libro? La respuesta resulta ser una verdad de Perogrullo: la poesía no mejora por el sólo hecho de ser publicada, no importa si se publica en cuero de borrego o en láminas de oro. La calidad de la poesía depende exclusivamente de la (in)capacidad literaria del creador; mientras que su publicación, o no, depende de la (in)capacidad extra literaria del mismo. Entre estas (in)capacidades extra literarias mencionemos, por ejemplo, la (in)capacidad económica, la (in)capacidad comercial, la (in)capacidad social, etc. Después de todo: ¿es justo exigirle al poeta que posea (in)capacidades extra literarias? Estando ante una verdad de Perogrullo es patético ver al ego de ciertos poetas que (les) han sido publicados, menear su libro al aire como prueba contundente e inequívoca de su calidad poética. La publicación no es prueba suficiente de la calidad literaria. Hay, todos lo saben, aunque casi todos lo callen o ignoren por conveniencia, poesía buena no publicada; como hay, poesía mala publicada en ediciones de lujo.

El poeta como parte de un colectivo está obligado a mostrar con hechos su condición de poeta. Nadie del colectivo tiene la obligación de llamar poeta a un poeta por el solo hecho de que este así lo reclama a cuatro vientos. Si el poeta dice soy poeta, y quiere que lo reconozcan como tal, el colectivo tiene todo el derecho a exigirle evidencias concretas, y el poeta la obligación de ofrecerla. El que sólo bastara la palabra del poeta para ser llamado poeta, eso sí sería preocupante, arbitrario, falto de seriedad. ¿Y cuál sería la evidencia que legitime al poeta como tal ante el colectivo? Sí bien creo que el poeta debe ofrecer evidencias de su existencia poética, si bien creo que el poeta debe presentar al colectivo algo que lo justifique como tal, es claro que esto no sólo es satisfecho a cabalidad por el libro, sino también por la plaqueta, la revista, el periódico, el recital, la web, etc.; es decir, la evidencia es la publicación en sí misma, mas no el soporte material en que esta se concreta. La publicación, en general, representa la única prueba tangible que legitima al poeta ante el colectivo. En este sentido el recital, por su propia naturaleza, sería la publicación de soporte físico más volátil (aunque irrefutable para los que lo oyeron); mientras que el libro, sería la publicación más duradera; lo cual lo convierte en la evidencia, en el legitimador ideales, en la credencial idónea, aunque no única, del poeta; esto explica al libro como objeto literario por antonomasia que discrimina entre poetas y no poetas, en desmedro de la web, de la plaqueta, del periódico, etc.; invita/induce a los egos deformados y a los desprevenidos olvidar que no es el libro quien legitima al poeta, que no es el libro la única credencial del poeta, que la credencial natural y primigenia es la publicación misma, y que la publicación carece del poder mágico de insuflar calidad poética al contenido publicado (ni lo mejora ni lo empeora, lo deja intacto); que la publicación, después de todo, credencial o no, sólo cumple con su afán de perennizar y/o masificar un texto, simplemente.

miércoles, 26 de enero de 2011

Obras malas, títulos buenos. Por Robert Jara

Una de las cosas más difíciles que me ha resultado en mi proceso de creación poético es colocarle nombre a mis poemas, cosa que no me sucede mucho con mi proceso de creación narrativo. Esto ha hecho que mis poemas terminen careciendo de un título convencional y terminen poseyendo simplemente una etiqueta: un número arábigo, romano; o una letra; o algo por el estilo. Por tanto, eso de que mis poemas tengan una letra o un número como título no es más que la evidencia concreta de mi poca o nula pericia en el oficio de poner títulos. Sí, porque creo que poner títulos es un arte en sí mismo, un arte cuyo resultado oscila en un intervalo de valores que va desde una obra malísima que ostenta un título malísimo hasta una obra buenísima que ostenta un título buenísimo. Otras posibilidades, por ejemplo, serían: obra malísima, título buenísimo; obra buenísima, título malísimo; etc. Y esta posibilidad combinatoria entre titulo y obra es algo que me ha intrigado desde hace buen tiempo. Por ejemplo, Todas las Sangres y Trilce, son dos títulos que han escapado a la gravedad de la obra en sí, sin importar si esto ha sucedido por su valor sociológico o poético. Son títulos que habiendo nacido como tales se han convertido en nombre de asociaciones, en nombre de grupos musicales, en nombre de colegios, en nombre de academias, etc. Son títulos que han dejado de ser simples títulos para pasar a formar parte de argot colectivo. Todas las Sangres me parece un título bello, con una fuerza increíble, que además describe de manera insuperable nuestra condición de mestizos, simboliza la igualdad, el colectivo; leer el sustantivo innumerable sangre pluralizado resulta simplemente bello. Trilce, sustenta su reinado en el misterio que rodea a su origen, al sonido suave, nostálgico y antiguo que exige cuando es leído en voz alta. Y por supuesto, sería deshonesto no decirlo, estos títulos han contado con la suerte de ser hijos de dos autores importantísimos del parnaso literario peruano, de dos autores de culto. ¿Si estas dos obras, con la edad que tienen, no hubieran sido de dos gigantes de la literatura peruana hubieran calado hondo?

Un título con buena estrella sería un título al menos poéticamente bueno, de una obra al menos buena, de un autor al menos conocido. Claro, desde el punto de vista purista del arte, debería bastar con lo primero; pero sucede que eso no bastaría para calar en el colectivo.

Si bien he nombrado títulos de José María Arguedas y de César Vallejo, dos vacas sagradas (y muertas) de la literatura peruana, nombro a La miseria y el hambre, y Un poco de aire en una boca impura, títulos de los poemarios de los poetas y amigos (vivos, aún, para suerte) Antonio Escobar y Ricardo Ayllón, respectivamente; nombro a El Asno que voló a la luna, título del libro de cuentos del escritor Cromwell Jara. O nombro a Te besaré toda la vida, título de la obra de teatro del puertorriqueño José Luis Figueroa, que aunque al comienzo me sonaba algo cursi, luego me resultó simplemente hermoso. Quizá, a modo de simple ejercicio y/o polémica (por lo subjetivo y espinoso del asunto) sería interesante rescatar del olvido aquellos títulos bellos de la literatura peruana. La idea es intercambiar títulos e ideas y tratar de llegar a un ¿(im)posible? consenso. Yo, por ejemplo, tengo una lista encabezada por mi título favorito: Todas las sangres, salvo mejor/peor parecer y/o mejor/peor gusto.

Obviamente una obra debe llevar un título. ¿Pero a qué obedece dicho título? En mi caso, como dije, me es casi imposible, si no imposible, ponerle título a mis poemas, al igual que a mis poemarios. Tengo poemarios escritos hace años y aún sigo buscándoles título. Sé que el título es necesario, pues de algún modo hay que identificar y referenciar a una obra, de algún modo hay que llamarla, en aras del (des)orden. Que si el título tenía que ver con el contenido de la obra y no sé qué ocho cuartos más ya no es del todo cierto, sino recuerden a Trilce. El título es simplemente un rótulo, una etiqueta que identifica a cierta obra. ¿Y qué sucede, por ejemplo, con el título de una obra desde el punto de vista de un editor? ¿O simplemente, qué sucede si se piensa en el mercado? Porque claro, aquello de que yo escribo para mí y nada más que para mí, ya es un cuento bien pasado de moda, un cuento que a nadie se le (debe) cree(r); y más si se publica, ¿no? (¿si no quieres que te lean por qué carajo publicas?) En el mercado un título bueno, léase bello, podría confundirse con un título marketero (y se haga la errónea asociación: bello=marketero), un título que engancha, un título impactante, un título que rompa el ojo al cliente, digo lector. Pero claro, podría suceder, ¿por qué no?, en aras de un equilibrio calidad mercantil-calidad artística, de que un título bello sea también marketero; un título bello y marketero, ¿por qué no? ¿Acaso no es un sueño, de todo aquel que publica, que lo lea medio mundo? Hipócrita el que publica y se desvive por hacer creer a los demás que no le importa si lo leen o no. Yo, cuando me entero que alguien anda diciendo ahí que no le importa si lo leen o no, simplemente no lo leo; ¿con qué derecho habría que hacer algo en contra de la voluntad ajena?

Finalmente, ya que el morbo mueve multitudes, me pregunto (y te pregunto) por aquellos títulos buen(ísim)os endosados a obras mal(ísim)as. O simplemente me pregunto por aquellos títulos buen(ísim)os o mal(ísim)os en sí mismos (purismo literario), sin importar un pepino si la obra que los ostenta es buen(ísim)a o es mal(ísim)as; me pregunto, por qué no, por aquellos títulos bellos y/o marketeros.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El día que MVLL me miró a los ojos. Por Robert Jara Vélez. Texto sobre el admirado y celebrado Mario Vargas Llosa

Creí, por cómo se venían dando las cosas, que a MVLL jamás le darían el nobel de literatura. No sé si MVLL se habría resignado a no ganarlo, pero lo que sí sé es que yo me había resignado a no verlo ganar, a pesar que desde mi experiencia literaria, breve y fragmentada, desde que lo conociera, creí que merecía ganarlo. En realidad mi resignación no era más que una estrategia vital que me permitía soportar la mezquindad del jurado del premio nobel.

Tal es así que esta vez, justo esta vez, no he estado al tanto de los resultados del nobel; y esta vez, justo esta vez, es cuando se lo gana. Ironías de la vida. Recuerdo que en Puerto Rico, cuando argumentaba que MVLL se merecía el nobel de literatura, la mayoría (tal como también sucede en el Perú) argumentaba que no, porque el hombre era (neo)liberal, o porque había renunciado a la izquierda, o porque era de clase alta, o porque le había propinado un puñetazo al nobel colombiano, etc. Todos los argumentos expuestos tenían un matiz común: eran argumentos extraliterarios. Y claro, el que fuera eternamente nominado al nobel de literatura y el que eternamente no se lo (conce)dieran, operaba como un certero espaldarazo pro argumentos extraliterarios, mientras a mí me provocaba un sentimiento de frustración e impotencia: si por mí fuera le doy el nobel sin pensarlo dos veces. Pero no, yo no existo , en absoluto, para la maquinaria operativa del nobel; por lo que no me restaba más que mascullar a solas el deseo de ver un día en todos los noticieros del mundo la noticia: MVLL gana el premio nobel de literatura.

No discuto si es la mejor noticia que han tenido los peruanos en muchísimos años, pero sí confieso que es la noticia que ha suscitado en mí una alegría tan infinita como la tristeza que me causó la noticia del fallecimiento de José Watanabe. Para mí es una noticia sin parangón, una noticia que creí jamás escucharían mis oídos. Nunca deseé tanto, nunca defendí tanto y con tanta pasión un bien para otro como me ha sucedido con el premio nobel de literatura para MVLL. ¿Por qué?: porque simplemente lo admiro, desde las calles de su mundo literario, desde ese mundo ficcional, desde ese mundo que me ha dado tanto. La literatura es la literatura, y punto. Eh ahí el sustento de mi admiración incondicional, desinteresada. Eh ahí el impacto de Los cachorros (y Los jefes) en mi juventud, y para siempre. De ahí que si MVLL esto, que si MVLL lo otro, poco importaba después de que MVLL había calado en mi vida desde sus avenidas literarias. La literatura es la literatura, y punto. De ahí quizá que jamás he podido negarle, y mis allegados lo saben, la trascendencia literaria de MVLL. De ahí que los argumentos extraliterarios no operaron en mí como elementos de apantallamiento, como elementos de (pre)juicio trasnochado que no hacen sino legitimar la otrora eterna negación del nobel de literatura a MVLL. Qué importa (es un decir) el MVLL político, el MVLL pensador, si con el MVLL literato es más que suficiente (y justo) para evitar ningunearle el nobel de literatura.

Mi admiración por MVLL ha sido tal, que es uno de los tres o cuatro seres que admiro. Creo, que por fin el jurado del nobel o dejó de lado los criterios extraliterarios o bien los ha aceptado (masticado) para concederle el nobel de literatura a uno de los mejores y más prolijos escritores del mundo (no sólo del Perú). Al fin, después de más de dos décadas, el jurado del nobel ha hecho justicia. Al fin el premio nobel ha borrado de su lista de omisiones históricas una omisión que desde ya lo perseguía como una sombra. Esta vez, como pocas veces sucede, el premio nobel, como ya otros lo han expresado, se ha premiado como nunca así mismo. Pero, al fin, este otro cholo universal ha conseguido el premio literario universal por antonomasia, premio que no legitima la calidad literaria de MVLL, sino que simplemente le hace justicia; lo pone en la vitrina del mundo entero, en los más insospechados escaparates de difusión literaria. Al fin, sí, al fin, aquel escritor que despierta pasiones polarizadas y diversas, no consensuales como tantos quisieran, ha recibido el nobel de literatura. Sí, al fin; luego de tan larga espera; al fin de una espera, que en mi caso procuraba olvidar por injusta. ¿Qué dirán ahora los que rogaban que no le dieran el premio nobel de literatura a MVLL? : unos, olvidando el pasado, se subirán al tren llamado MVLL a celebrar; otros, por aquello de no torcer el brazo, persistirán estacionados en sus prejuicios extraliterarios; otros, estacionados en el desdén y/o en la mezquindad, dirán que da igual, que no es para tanto… y un par, sólo un par, estacionados sobre la literatura misma, convencidos de su propia exégesis literaria, sentenciarán que la obra de MVLL no merece tanto.

El día domingo, 27 de julio de 2008, asistí a la 13º Feria Internacional del Libro de Lima, donde se presentaba MVLL. Sólo fui por verlo, en persona. Como un fan enamorado, como un niño a empujones me procuré un lugar cerca de él. Claro, me hubiera gustado tocarlo, pero no me fue posible por la turba de gente que ostentaba lo mismo que yo. Así que me contenté con estar a cinco metros de distancia. Como le comenté a mi esposa, quien me acompañaba, yo quería ir a la feria con el sólo fin de poder ver en persona al escritor peruano que más admiro, al escritor peruano que cada año a año le niegan lo que hace más de dos décadas debieron darle: el premio nobel de literatura. Recuerdo que bromeaba (pues me había resignado a que MVLL nunca ganara el nobel) que me iba a la feria a conocer al futuro premio nobel de literatura. Recuerdo que haciendo mañas levantaba mi cámara por sobre las cabezas de los que estaban en mi delante para poder tomarle una foto, pero nada. Para lograrlo no se me ocurrió mejor idea que propinarle un empujón a la señora que delante de mí se desvivía por lograr ver a su héroe. El empujón fue tal que la señora pego un grito que hizo que todos hicieran silencio. Entonces pude ver que MVLL se puso a buscar con la mirada el lugar del tumulto, y entonces fue que sucedió el milagro: MVLL, sí, MVLL posó su mirada, clavo sus ojos (por uno o dos segundos) directamente en los míos. Durante ese par de segundos no hice sino abrir exageradamente los ojos si como si con ello intentara retener su mirada, y prolongar aquel par de segundos al infinito. Durante el recorrido de la feria no hice más que torturar a mi esposa con mi letanía: ¡MVLL me miró a los ojos! Y me desvivía por hacerla comprender lo extremadamente importante que había sido para mí esa mirada. La feria, fue inevitable que no se redujera a aquel breve suceso. Tal es así que no veía la hora de llegar a casa y sentarme a escribir un artículo al que titularía El día que Mario Vargas Llosa me miró a los ojos, y que pronto colgaría en mi blog. El artículo, por gajes de la esclavitud moderna, si bien lo empecé, jamás lo acabé de escribir, y por supuesto, jamás lo publiqué en mi blog. El que MVLL, uno de los más grandes escritores peruanos, me hubiera mirado por un par de segundos, fue, simplemente algo increíble; el que ese par de ojos, que atestiguaron el nacimiento de grandiosos mundos literarios como Los Cachorros, Conversación en la catedral, La Fiesta del Chivo, se hubieran posado sobre mi casi inadvertida humanidad, aunque sólo sea por un par de segundos, fue simplemente un milagro, un honor infinitamente inmerecido e impagable. Aunque honor a la verdad, sino hubiera sido por la llegada del nobel de literatura al Perú o a MVLL que es lo mismo, El día que MVLL me miró a los ojos quizá jamás hubiera salido del anonimato; pues la llegada del nobel de literatura al Perú o a MVLL, que es lo mismo, ha hecho posible que yo sacara tiempo del tiempo que hace tiempo no tengo para al fin terminar de escribirlo, claro, aunque de modo distinto. Son, si la memoria no me traiciona, además de mi esposa, los poetas Ricardo Ayllón (Chimbote) y Antonio Escobar (Guadalupe), los únicos testigos de la existencia de esta anécdota; es a quienes habría contado sobre la existencia del no nato artículo; desde una perspectiva actual, pareciera que en su momento sembré testigos a priori, como si sospechara que un día sucedería algo que haría poco creíble el que mi anécdota elevada a categoría de mito es producto de mi admiración y no del arribismo; sólo espero que mis tres circunstanciales testigos corroboren mi historia.

No me avergüenza decirlo, con Los cachorros me sucedió lo que me sucedió con Trilce; no los entendía un carajo. Es más, a ambos textos los abandoné casi de inmediato, la primera vez que intenté leerlos. Pero menos mal que no los abandoné del todo. En mi interior se fraguaba una batalla bizantina entre dos argumentos que cada uno a su modo justificaban mi experiencia lectora negativa: (1) mi ego lacerado argüía que los textos eran simplemente malos, (2) mi conciencia argüía que mi nivel de lectura era simplemente pobre respecto al que ambos textos exigían. La supremacía de la segunda posibilidad sobre la primera, o de la conciencia sobre el ego, fue lo único que me permitió, a la larga, acceder a ambos mundos ficcionales y poder disfrutarlos, la segunda posibilidad me permitió comprender de una vez por todas que la literatura era infinitamente mucho más de lo que hasta ese momento había conocido. La literatura, desde entonces dimanó en un mar bullente y contradictorio, en un mar irreverente tanto en su forma como en su fondo.

Que si MVLL es de izquierda, de centro o derecha, que si es de abajo o de arriba, que si es del costado o es del medio, qué carajo importa. Pero claro, es humanamente entendible que hubieran preferido que el nobel de literatura peruano fuera de izquierda los izquierdistas, de derechas los derechistas, etc. Pero, la realidad ha sido simplemente dictadora, castrante, y ha decido que esta vez (en nombre de decenios futuros) el nobel de literatura recaiga sobre un MVLL decretado, casi unánimemente, neoliberal. Imagino lo infinitamente felices que han de estar por añadidura todos los neoliberales, incluidos los neoliberales que ni siquiera han leído a MVLL; como también imagino, lo infinitamente infelices que han de estar los izquierdistas, por ejemplo, incluidos los izquierdistas que no han leído a MVLL. Sí, porque en el Perú, opina hasta aquel que desconoce por completo el objeto que es materia de opinión; es decir, opina hasta el inopinado, lo cual es una contradicción, ¿no? Yo, me curo en salud, y confieso que mi opinión optimista y positiva sobre el depositario del permio nobel de literatura 2010, y por ende la felicidad coyuntural que me salpica, se sustenta en la breve parcela literaria que he leído del nobel peruano, cuando éste aún no era un nobel de literatura, aunque ya era peruano. Claro, decir, post premio nobel, que MVLL es un genial escritor, resulta simplemente conveniente, cuestión de supervivencia. Y no lo dudo, éstos florecerán por miles. Tanto, que llegará el día en que todos los peruanos, y por qué no el mundo entero, dirá lo genial escritor que es MVLL al margen de si lo han leído (algo, aunque sea) o no; es decir, inopinadamente repetirán que MVLL es un genial escritor porque simplemente la academia sueca así lo ha decretado. Sucederá algo parecido a lo que sucede con Cesar Vallejo: ¿quién es el mejor poeta del Perú?: Vallejo. ¿Has leído a Vallejo?: No. Increíble letanía, pero cuasi cierta. Es lamentable que la mayoría necesite para poder enorgullecerse de sus héroes, que estos, primero sean legitimados por alguien de y/o desde afuera, alguien a quien implícitamente consideran superior.

En fin, mi admiración infinita por MVLL no me priva confesar, para beneplácito de sus detractores, lo que hace un par de años dijera en algún blog: si algo no me gusta de MVLL es el título, sí, sólo el título de su penúltima novela: Travesuras de la niña mala. Algo malo debía decir sólo por aquello de aplacar un poco el dolor de los dolientes gratuitos que accedan a este texto celebratorio, a este texto admirativo.

MVLL, gracias por compartir conmigo tu universo ficcional; y sobre todo, gracias por gastar tus ojos, aunque sea un par de segundos, mirando a los míos.

jueves, 12 de agosto de 2010

Ser o no ser… poetas. Por Robert Jara Vélez

¿Quién decide si alguien es o no es poeta? ¿Quién carajo certifica a los poetas? ¿Qué instrumentos, qué criterios se utilizan para tan honorable trabajo? Pregunto esto, debido a que existe tanto, pero tanto poeta que ya tengo mis dudas sobre su real existencia. Pareciera ser que los poetas nacen por generación espontánea, por autoproclamación, por ego, por moda, por status, por cojudeces, etc.

Mi incertidumbre se resume así:

Primero: ¿Cómo saber, con certeza, si se es o no se es poeta?
Segundo: ¿Cómo saber, con certeza, si se es mal poeta o se es buen poeta?
Tercero: ¿Es lo mismo no ser poeta que ser mal poeta?
Cuarto: ¿Si se escribe circunstancialmente poesía se es poeta?
Quinto: ¿Si se escribe siempre mala poesía, se es mal poeta o se es no poeta?
Sexto: ¿Para qué un poeta malo más si un no poeta equivale a lo mismo?

Principio de la certidumbre poética: El que no escribe poesía no es poeta.
Principio del poeta implícito: poeta malo, aunque malo, poeta.
Principio de equivalencia poética: Un poeta malo equivale a un no poeta.

Todo esto se resolvería si un día a alguien se le diera por inventar un poetómetro. ¿Se imaginan someter a los poetas consagrados al poetómetro? ¿Se imaginan someter al poetómetro a aquellos poetas que se llenan la boca diciendo lo genial poeta que son? ¿Se imaginan las consecuencias que traería este pequeño, pero revolucionario invento? ¿Se imaginan al poetómetro emitiendo un sonidito (tu-tu, por ejemplo) cuando el "poeta" en cuestion realmente resulta que no es poeta? ¿Se imaginan la cantidad de detractores poniendo en tela de juicio el veredicto del inefable poetómetro? ¿Se imaginan...?

Nota: no lo tomen tan en serio; la poesía de vez en cuando sabe (o debe) sonreírse.

Fuente: Grupo Literario Signos.
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